Igualdad

Todos somos iguales en dignidad

“Asumir nuestra identidad permite que la sociedad se dé cuenta de que somos mujeres altamente calificadas“
Marcela Villalobos
México

Me dije que más que inspirar, lo que me gustaría compartir sería la experiencia de este caminar en tierras lejanas. En el ámbito académico y profesional,  soy abogada, egresada de la Universidad Autónoma de Querétaro, y tengo dos maestrías; una en Desarrollo Comunitario, en Montreal y otra en Solidaridad y Acción Internacional  en París. Trabajo actualmente en cuestiones sobre migraciones y migrantes en París, como responsable del Polo Sociedad y Migraciones en la Conferencia Episcopal Francesa. Así mismo, terminé una certificación el año pasado y soy formadora en Interculturalidad. En el ámbito personal, tengo 41 años, soy mamá de una niña de 7 años y un niño de dos y vivo con mi esposo, francés, y mis chiquilines en Saint Denis.

Llegué a Francia hace 10 años, pero llevo 17 años fuera de México. Si alguien me hubiera dicho que algún día viviría del otro lado del charco, me habría hecho reír. En estos 10 años me ha tocado de todo: empezar desde abajo, volver a estudiar, aprender una vez más a hablar francés, ahora sin acento québécois, pero con un acento más mexicano y asumido con orgullo. Postular, trabajar, tener un puesto de responsabilidad, hacerle frente a situaciones de discriminación y racismo, convertirme en mamá y aprender a hacer malabares para que esta experiencia de migración sea una experiencia de vida digna.

Hablo de migración porque desde hace algún tiempo lo asumo como una forma de reivindicar ese estatus administrativo: no somos expatriadas ni latinas viviendo fuera de nuestros países, somos mujeres migrantes. Y me parece interesante porque detrás de esa identidad hay toda una connotación peyorativa. Cuando decimos “migrante” a cualquier persona, las imágenes que vienen no son precisamente las más positivas y asumir esta identidad permite que la sociedad se dé cuenta de que somos mujeres altamente calificadas, políglotas, con maestrías y experiencias de trabajo internacionales, mujeres que por nuestra experiencia migratoria contribuimos a enriquecer este país que poco a poco se va convirtiendo en nuestra casa.

Es lo mismo que hago en mi trabajo: muchos años fui coordinadora de un proyecto de acogida para solicitantes de asilo y refugiados en Francia. Ahí me tenían haciendo concientización para que las personas se animaran a recibir a un asilado o refugiado en sus casas. Iba a las escuelas, a las universidades, a las parroquias, a cualquier lugar donde hubiera la posibilidad que una persona se sintiera interpelada y se animara a recibir a un migrante en su casa. Tratando de hacerle ver a la gente que detrás de cada migrante hay una persona, con historia, con cualidades, con sueños y deseos de trascender. Esa experiencia de trabajo me permitió conocer a hombres y mujeres de Afganistán, de Irak, de Siria, de Irán, de Ucrania, de Mauritania, de Eritrea. Escuchar sus historias, compartir la mesa, acompañarlos en sus trámites administrativos, presentarlos con las familias de acogida me enseñó que todos formamos parte de una misma familia humana y que somos iguales en dignidad. Que todos tenemos sueños y deseos muy parecidos. Que no hay una cultura más importante que otra, que todas las culturas, así de diferentes nos parezcan, pueden ser socialmente compatibles si hay diálogo y empatía. Ali, Mortaza, Lena, Abou, Mona, Anas o Walid me han enseñado que la amistad no necesita visa y que el corazón no conoce fronteras.

Ahora en mi nuevo trabajo, me toca acompañar y formar una red de delegados que trabajan directamente con migrantes. La red de delegados y delegadas de la Pastoral de los Migrantes, desperdigados por todo el territorio francés, hacen de este país un lugar mejor para todos aquellos que han tenido que dejar sus lugares de origen, más cálido, más humano, más fraterno, más hospitalario. Es un orgullo caminar con ellos.  Otro ámbito en el que trabajo es en un grupo de reflexión y acción, con otras ONGs, sobre cómo transformar la mirada que se tiene hacia los migrantes y el aporte positivo y benéfico que ellos representan para Francia. No es fácil y menos en estos tiempos donde estamos viendo cómo el nacionalismo se va haciendo más y más presente y cómo el peligro de encerrarse en uno mismo está latente. La pandemia actual por la que todos estamos pasando, hizo resurgir todas las fracturas y crisis que estaban latentes en la sociedad. Sin embargo, esta pandemia también reveló quiénes son las personas que están en primera línea y que hasta ahora habían sido invisibilizados: los migrantes. Ya sean trabajadores de la limpieza, trabajadoras del hogar, asistentes de cuidados en los asilos y hospitales, trabajadores del campo, enfermeros, camilleros o empleados en los supermercados, los migrantes han ayudado a que no se venga abajo la economía del país. No podemos seguir cerrando los ojos ante esa realidad. Aún tenemos mucho trabajo por hacer

Cuando cierro los ojos y pienso en estos diez años vividos en tierras lejanas me lleno de alegría. ¿Quién hubiera pensado que algún día iba a formar parte de esa gran familia de los que atraviesan fronteras? De las que pueden decir “esta es mi casa, de aquí soy, aquí pertenezco”. 

Solo espero que los próximos años puedan ser igual de plenos, que pueda seguir creciendo y madurando en esperanza y en humanidad. Que mi corazón se pueda seguir agrandando y que juntos, sigamos trabajando para hacer de esta Francia, un  lugar más justo, más digno, más humano. Una Francia en la que toda persona pueda encontrar su lugar. Ojalá que en los próximos años nos podamos encontrar.

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