En 2018, Pierre Labastida Garnier le arrebató la vida a Jessica Astorga, mexicana, de 26 años de edad y estudiante de arquitectura. Ellos estaban casados y vivían en Lyon, Jessica trabajaba vendiendo joyería mexicana. Labastida cubrió su crimen culpando a Jessica. Le dijo a las autoridades que ella sufría de depresión y que se había suicidado. Finalmente, Labastida confesó su crimen y hoy se encuentra preso. 

Jessica era como todas nosotras: una mujer con ganas de salir adelante en este duro proceso que es la migración. Tenía la suficiente fuerza para reinventarse, así como creatividad y amor por el arte y amor por su país.

La violencia, no tiene nacionalidad, ni fronteras, color o clase social, pero sí tiene un mismo patrón en todos los lugares del mundo, que en los peores casos puede terminar en la muerte. La violencia de género, no es sólo la violencia física, es también la desvalorización de la pareja, las burlas, el control de dinero, de la manera de vestir, de las amistades, de la toma de decisiones que no benefician a ambas partes, la manipulación, la culpabilización, todas formas de control que se esconden y excusan bajo la rúbrica de que son “por amor”.

Hemos normalizado la violencia, y eso es un gran problema, la violencia es la culminación de un proceso de relación de poder agresivo y jerárquico que puede interrumpirse al limitar la dependencia emocional, administrativa y económica de estas mujeres de sus cónyuges. La condición de las mujeres migrantes refuerza su situación de vulnerabilidad y aislamiento, en ocasiones ligada a diferencias culturales, así como a su escaso conocimiento de las normas administrativas y los derechos del país de acogida a los que tienen derecho.