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La importancia de una maternidad y gestación informada

“Nuevo desafío: defender mis derechos de mujer en tierra lejana.”

Marcela Morgado
Chile

En el verano del 2019 me dí cuenta que estaba embarazada. Fue una noticia inesperada, no buscada, pero bella. En ese momento llegaron muchos pensamientos y sensaciones sobre nuestro futuro. Con el papá estábamos felices, era una bonita manera de terminar las vacaciones. Semanas más tarde, se nos cortaron las alas, tuve una pérdida. Nunca había ido a urgencias en mi vida, a pesar de llevar 8 años en Francia. No fue fácil explicar y tratar de entender lo que pasaba, había sin duda que hacer un duelo.

A los pocos meses me enteré que nuevamente estaba embarazada. No escondo que me daba miedo, además, me enteré en Chile estando con toda mi familia. El papá se había quedado en Francia y supo por Whatsapp. Extraña forma, pero estábamos felices. Y luego aparte de la transformación corporal y psíquica que conlleva todo embarazo, más la migración, le agregamos el efecto pandémico. Fue un bello embarazo a pesar de tanta incertidumbre. Nos metimos a cuánto curso había aquí en Francia y en Chile aprovechando los beneficios de la “televida”. Fue genial sentir que había una presencia de mi tierra natal en este proceso.  Quería sentir que el inicio de este recorrido de la maternidad pasaba también por la biculturalidad que tiene nuestra familia.

Nuestra hija llegó el 31 de agosto de 2020 con una fuerza de guerrera y al tiempo con una calma de yogui. Hubo violencia obstétrica en el parto, pero ella por suerte lo manejó mejor que yo. Nuevo desafío: defender mis derechos de mujer en tierra lejana. Nunca faltaron personas que nos acompañaron y que nos hicieron sentir que ese dolor que sentía era válido.

Mi trabajo de parto empezó la semana 32 de gestación. Un pequeño sangrado nos alertó y en urgencias nos confirmaron que tenía un centímetro de dilatación. La espera se hizo larga y finalmente mi hija nació en la semana 40. Como muchas mujeres, tuve las famosas contracciones de Braxton Hicks. Las contracciones podían durar toda la noche y luego desaparecían. Fuimos varias veces a urgencias. Estaba impaciente por conocerla, pero sobretodo asustada de que algo saliera mal. No sabía que el trabajo de parto podía durar tanto.

El 30 de agosto tuve un dolor extraño aún más raro que los otros. Me asusté pero ya me daba vergüenza ir de nuevo a urgencias aunque siempre nos acogían bien.

Con todos los cursos que habíamos hecho, sabíamos bastante bien cómo reaccionar. En la madrugada del lunes sentí un dolor grande, extraño. Seguí asustada y ¡SPLASH! Mi bolsa se rompió y las contracciones partieron en gloria y majestad. Partimos al hospital.

Podría escribir páginas enteras de ese día, de hecho lo estoy haciendo porque quiero que el hospital lo sepa y que de alguna manera repare lo que nos pasó ese día. En pocas palabras, hubo violencia ginecológica de la parte de la puéricultrice y la matrona, ella me hablaba mal, además de que no leyó sino hasta muy tarde nuestro proyecto de nacimiento en el cual explicaba mi deseo de un parto natural, respetuoso, poco medicado, con libertad de movimiento e íntimo en la medida de lo posible.

Me dio un medicamento derivado de la morfina, « un pequeño calmante » dijo, sin informarme los componentes de dicho medicamento. A posteriori, yo me sentí muy culpable de haber aceptado eso. Me tomó unos días comprender que era ella quién me tenía que decir lo que me daba. Luego de esa inyección -por la cual además tuve que molestarme para que cerraran la puerta de la pieza y no quedara semi desnuda- quedé muy sedada. Mi pareja se asustaba entre cada contracción, porque tenía la impresión de que partía. Y claro, estaba absolutamente drogada y mi bebé también. Tuve que volver a pelear mi derecho de moverme ya que la matrona no quería que me moviera. Para ella, lo mejor era la posición ginecológica y yo sabía muy bien que no. Logramos conseguir que al menos con eso nos dejara tranquilos; iba a la ducha, caminaba, hacía mis ejercicios para facilitar la expulsión.

La estudiante que me puso la perfusión estaba sola y me dejó como carne molida el brazo. Mi pareja vio como sangraba sin parar porque no sabía ponerla. Además del dolor del brazo, los moretones duraron semanas.

Entre la llegada al hospital y el nacimiento pasaron 13 horas. Pedí que no me hicieran tactos todas las horas y que no fuera más de una persona. Tampoco fui respetada en eso. Cuando ya llevaba 7 horas, me di cuenta que estaba sufriendo y pedí la epidural. Entre tacto vaginal y tacto vaginal, la estudiante no lograba decir cómo estaba posicionado el bebé. Finalmente exigí que viniera la matrona senior para enterarme que mi guagua se dio vuelta, seguramente el domingo en la noche y que estábamos espalda con espalda. En estos casos las contracciones son aún más dolorosas, además de estar a 9 de dilatación.

De ahí en adelante fue una pesadilla: se acercaba el cambio de turno, la matrona se precipitó exigiendo que pujara de otra manera de la que me habían enseñado. Yo no quería porque había más posibilidades de desgarro y hemorroides pero no tenía opción. Pujé durante media hora y la matrona comenzó a estresarse y a decirme que mi bebé estaba sufriendo. Mi pareja me mira y me dice que todo va bien, me calma. Él veía los latidos de nuestra hija. La matrona me siguió « motivando » según ella, según yo, maltratando. Decide llamar a la ginecóloga, había que girarla con la « ventosa ». La matrona, al tiempo que me prohíbe la epidural, me dice que no pujaba bien, que era ella la que sabía, que ella era la experta.

Pero sin duda lo que más me dolió y lo más traumático a sanar hasta el día de hoy fue cuando la matrona y la asistente en puéricultrice se pusieron cada una a mi lado a apretarme las costillas ejerciendo toda la fuerza de su peso para que mi bebé saliera. No me podía concentrar más en el parto. Me puse a gritar, a decirles que no tenían derecho a hacer eso. Estaba furiosa. La OMS prohíbe esta práctica hace años, así que luchamos, intentaba liberarme de esa fuerza, yo del lado derecho y mi pareja del lado izquierdo.

La ginecóloga luchaba por su lado con el médico senior que quería hacer una episiotomía y sin entender el porqué de mis gritos. Era de película de horror, la escena de la sala de parto. La matrona me seguía metiendo susto, que si mi bebé tenía un problema sería porque yo no estaba haciendo bien las cosas. Lloré y me sentí realmente ultrajada.

Al nacer, ella estaba calmada, plácida. Yo estaba feliz de tenerla en mis brazos y con el cambio de turno, me volví a sentir contenida y acompañada. La matrona ya nos conocía y nos trató realmente con mucho amor a los tres.

Fue al día siguiente que fui totalmente consciente de que había vivido un trauma cuando las dos personas que me violentaron se presentaron en mi pieza. Yo estaba dando pecho y me quedé paralizada, en silencio y casi temblando de rabia. Yo quería que se fueran pero no quería que mi hija fuera testigo de nuevo de estas escenas. Me quedé en silencio por ella. Por suerte, otra matrona de la maternidad conversó conmigo largamente y reparó en aquellos momentos críticos algo de la crisis que habíamos vivido como familia.

Al llegar a casa, lloré. Creo que el parto me hizo acercarme a una depresión, sin embargo lo que me salvó fue mi familia, mi pareja, mi hija, la matrona que nos acompañó durante el embarazo, pero sobretodo haber estado informada. A pesar del sentimiento de culpa que sentía, sabía que lo que había pasado no debió haber sido así.

Luego me tomé el tiempo para estar con ella y compartir intensamente estos primeros meses de vida. La lactancia no se interrumpió por la vuelta al trabajo y ella parece contenta de estar con su nounou y feliz de nuestros encuentros en la noche. La vida con mi pareja nos ha cambiado y tratamos de estar con ella lo más posible y aprovechar nuestro tiempo juntos.

Ella es un bebé que sabe en general lo que quiere, ya que con su pequeño carácter nos expresa cuando necesita que estemos completamente a su lado y también cuando quiere un poco de tranquilidad estando solita o cuando quiere transportarse por el piso de la casa. Los aprendizajes son infinitos. Pero amo y admiro profundamente su capacidad de expresarse e interactuar, sus ojos picarones son una invitación constante a jugar y a crear con ella.

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