La importancia de encontrar comunidad

“Sobreviví y estoy orgullosa de mí misma y eternamente agradecida a mis amigas”

María Laura Caraballo

Siempre me imaginé viviendo en el extranjero, en un país lejano. Siempre creí y sigo creyendo que la vida es muy corta para vivirla en un mismo lugar o muy larga como para no darse la oportunidad de aventurarse a nuevos horizontes. Siempre supe que el amor para mí estaba en otro sitio y hablaba otra lengua. Y así fue: me enamoré de un francés, todo un cliché. Luego de seis meses de amor online lo tenía viviendo en casa y seis meses más tarde dejaba yo esa misma casa, renunciaba a mi trabajo y con un dolor en el pecho dejaba a mi gato compañero y a mis amigos de toda la vida. En parte dejaba una vida, una vida de 35 años en la misma ciudad y eso, claro, daba muchísimo vértigo. Mi sueño se empezaba a hacer realidad a medida que carreteaba el avión con un rivotril encima ya haciendo efecto y una mezcla de nervios, expectativa, tristeza y alegría por lo que vendría: finalmente “vivir afuera”, probar suerte en Europa, aprender otra lengua en total inmersión, tomarme una especie de año sabático.

Lo que no imaginé es que una semana después de que ese avión despegara y me cruzara “al otro lado del charco” fuera a quedar embarazada. A poco más de unas semanas me enteré que la cigüeña no venía de París sino del sur de Francia. Allí estaba, entonces, a un mes después de mi llegada comprando a escondidas un test de embarazo en el supermercado, sintiéndome como una adolescente que compra avergonzada toallitas higiénicas o condones y espera a que nadie la mire para abalanzarse a la góndola y dirigirse rápido a la caja a pagar sin hacer contacto visual con nadie que se cruce en el camino.

Tenía apenas unos días de atraso y me parecía un poco apresurado sacar conclusiones, pero algo adentro mío me decía que ya no era la misma, que todo había cambiado. Encerrada en el baño de un bar e intentando descifrar las instrucciones en francés comprobaba una y mil veces que sí: así era, efectivamente estaba embarazada. El signo rosa intenso casi rojo que apareció en el test al instante no mentía, estaba esperando un bebé y una alegría y una desesperación me recorrió todo el cuerpo de pies a cabeza. Recuerdo guardar la caja del test, el folleto explicativo, todo, con una torpeza digna de un sketch de sitcom en el bolso y regresar a la mesa con las manos temblando y la mirada fija en el plato recién servido que apenas pude tocar.

Recuerdo salir del bar para llamar a una amiga argentina y enviarle la foto del test para que ella misma comprobara si eso realmente era un signo positivo como si yo ya hubiese perdido la capacidad de descifrar hasta los signos más elementales. Luego siguió mi hermetismo total durante toda la tarde, encontrarme con mi novio, sugerirle no ir por las cervezas que pensábamos y sentarnos en otro café a pedirme solo un agua tónica con limón, volver a ir al baño, volver a encerrarme y hacerme el segundo test, ya que la caja incluía dos ¿para qué desperdiciarlo? Mujer prevenida vale por dos, dicen.

Lo que siguió no fue fácil: hasta el séptimo mes de embarazo me la pasaba sola en una casa enorme en un quartier residencial donde ni chances tenía de hacer amigos o al menos de encontrarme en la vereda a algún vecino con el cual practicar el francés. Mis mayores expectativas a las que podía aspirar era tener la suerte de cruzarme a alguien en la parada de bus o en los contenedores de reciclado, o tal vez, en el mejor de los casos, caminar las ocho cuadras que tenía hasta el almacén más cercano e intercambiar con la cajera un par de palabras mal pronunciadas y gestos al estilo “dígalo con mímica”. Por aquel entonces vivíamos en un barrio de gente mayor adinerada y nosotros estábamos muy descolocados allí: prestados en una casa familiar de vacaciones. El verano se me pasó rápido; entre la emoción de la noticia de mi embarazo, las náuseas y el sueño de los primeros meses con sus largas siestas en las que caía presa del sopor y la calma que trae consigo el aire del mar. Sin embargo, cuando los últimos días de calor y los turistas se fueron yendo junto con la invasión de mosquitos y el sonido ambiente de las chicharras al que ya me había acostumbrado, solo quedó la soledad. Por aquel entonces no existía ninguna pandemia que nos aquejara, se podía viajar libremente, y entonces, claro, fue posible en varias oportunidades recibir amigos en casa, eso me organizaba la agenda y el ánimo, pero no duraba mucho… Se quedaban un par de días, de paso, como mucho una semana y luego se iban, y yo volvía a quedarme sola en una casa enorme rodeada de senderos con aroma a pino y lavanda. De día era sumamente acogedor, pero de noche estar en medio de “la forêt” perdía su encanto y el ambiente pasaba de ser romántico a tenebroso y yo pasaba de sentirme Heidi en medio de la pradera a un personaje de Proyecto Blair Witch.  Los días se me hacían largos, a veces eternos. Mi pareja regresaba muy tarde por la noche de trabajar y yo solo podía compartir mi embarazo con mi madre, tías, primos/as y amigos/as mediante fotos y videollamadas de panza creciente y ecografías indescifrables por celular. Cada vez que me surgía una duda, hacía lo menos recomendable del mundo: ponerme a googlear algún que otro síntoma extraño que experimentaba mi cuerpo o entrar a foros para embarazadas para saber semana a semana qué esperar, hasta me bajé a mi teléfono una aplicación temática que me enviaba notificaciones y comparaciones con frutas y verduras del tamaño del nuevo ser en camino. Insistía a mi novio en sacarme fotos posando con paltas, pepinos, melones y demás, pero claro, en Francia no se conseguían todas esas frutas exóticas caribeñas que proponían en dicha aplicación, así que mi almanaque fotográfico quedó inconcluso. Me entretenía perdiéndome durante largas horas en el ciberespacio y cuando el mágico mundo de Internet no era suficiente para acallar mis dudas y preocupaciones, consultaba al otro lado del Atlántico a mis amigas que ya habían sido madres o mi primo pediatra si tal o cual cosa era “normal”.  Así se me pasaban los días usando como conejillo de indias a mi novio cada vez que quería probar una nueva receta de budín saludable o haciendo ejercicios de gramática de francés. Decidí que el invierno no podía detenerme y arrastrarme a la depresión total así que me propuse salir todos los días aunque fuera a dar una vuelta o lograr llegar al centro de la ciudad a sentarme en un café antes de las 5pm, asunto de por sí bastante difícil de lograr para una porteña acostumbrada a la vida social que recién a esa hora comienza. Siempre estaba a destiempo: si quería ir a almorzar ya estaban cerrando los restaurantes por la siesta; si quería merendar ya no servían más café porque era la hora del apéro y yo no podía tomar alcohol, y cuando estaban sirviendo la cena yo no tenía apetito aún y prefería unos mates.

Una de las tantas tardes que salí a cumplir mi rutina de irme a tomar un descafeinado y recorrer las calles toulonnaises con un libro o revista en francés y diccionario bajo el brazo encontré un bar “con onda” que me llamó la atención y decidí entrar. Esa tarde, finalmente, el Universo se compadeció de mi soledad y al rato de acomodarme en mi mesa, escuché entrar a un niño y a unas mujeres que conversaban al fondo. Parecían hablar español, pero supuse que solo se trataba de mi imaginación o mis ganas locas de poder comunicarme, entender lo que sucedía a mi alrededor.

Volví a agudizar el oído: eso era español, eso, definitivamente, sonaba a español, estaba segura. En ese momento el niño entró corriendo al sector donde estaba mi mesa y se acomodó en un sillón en la mesa de enfrente. Le dije: -“Hola” y él me respondió justo cuando entraban las dos mujeres: una, su madre colombiana y otra, su amiga argentino-mexicana, que me preguntó inmediatamente si yo era argentina también. Nuestro acento porteño nos delata siempre. A partir de esa tarde, todo cambió. Volví como la tarde en que me enteré que estaba embarazada, sintiéndome otra persona. Volví a casa con una sonrisa dibujada en el rostro y en el alma. Llamé emocionada a mi madre y a una amiga para contarles que había conocido unas chicas latinas y ellas se emocionaron también, porque sabían cuánto lo necesitaba.

Al poco tiempo y gracias a estas chicas latinas empecé a conocer a otros expatriados que como yo, hacía poco habían desembarcado siguiendo a su pareja pero hablaban poco francés y estaban un poco a la deriva como yo. Comencé a seguir cuanta página de latinos o argentinos en el sur de Francia encontraba en las redes sociales y a participar de algunos encuentros: juntada en un bar, apéro en la playa, café en la plaza, cualquier excusa me venía bien. Hasta llegué a formar parte de un chat de “mamis latinas” para risa de mi novio, ya que siempre tuve pavor de esos grupos, estaba chateando en uno incluso antes de parir. Siempre tuve cierta fobia a ese tipo de grupos de mamis: hiperventilaba al escuchar expresiones como “ronda de madres”, “tribu”, “grupo de lactancia” o “sanación espiritual del útero”. Temía tener que sentarme en círculo a amamantar o hablar de recetas de muffins veganos orgánicos, detestaba los blogs y cuentas de redes sociales donde la maternidad idílica y perfecta se vuelve una competencia y una meta inalcanzable. Sin embargo, tuve la suerte de encontrarme con algo muy distinto,  y no es que todo lo anterior sea negativo, simplemente no era para mí. Me encontré con un grupo de futuras mamás que al igual que yo estaban llenas de incertidumbres y otras madres con un poco más de experiencia y buena predisposición como para compartirla con amorosidad, para escuchar sin juzgar y la humildad sincera a la hora de aconsejar. Fueron ellas las que me donaron ropa, mantas, libros y juguetes de sus hijos, me recomendaron una sage femme que fue espectacular, ella nos brindó el curso de preparto, hizo el seguimiento de mi embarazo y postparto. Hasta el día de hoy estas “mamis latinas” son un referente y un sitio seguro al que acudir en caso de consulta o de necesitar ayuda.

Hoy miro atrás y pienso en todo lo que tuve que transitar: un embarazo eterno de 41 semanas, un parto en el que no fui respetada y sufrí violencia obstétrica, semanas de puerperio con una recién nacida en mis brazos adormecidos del cansancio esperando el relevo hasta después de la media noche cuando mi pareja llegaba de trabajar, entre tantas otras cosas más. Sin embargo, sobreviví y descubrí que encontrar tu “tribu” o “comunidad” es mucho más que subir una selfie con tu hijo y su cuarto con juguetes Montessori o dar cátedra sobre la crianza positiva. Va mucho más allá y tiene un sentido más profundo que todo eso. Para mí “tribu” fue tener amigas con las cuales compartir por audios de whatsapp alegrías y catarsis al borde de un ataque de nervios o llanto que todo puerperio implica. Fue recibirlas despeinadas y en pijama con una casa patas para arriba y que sin preguntar qué necesitaba o pedir permiso, directamente tomaran a mi bebé en brazos o se pusieran a lavar mis platos mientras me mandaban a duchar. Fueron charlas con mate de por medio, rock rioplatense de fondo y horas de escucha. Fueron amigos que nos ayudaron a armar y desarmar muebles y a cargar cajas en mudanzas.

Hoy a dos años, solo puedo decir que no fue, no es, ni será fácil maternar en el extranjero. Sin embargo, estoy orgullosa de mí misma y eternamente agradecida a mis amigas a uno y otro “lado del charco” sin las cuales jamás hubiese logrado llegar hasta el día de hoy con una sonrisa pese a todo.

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